El actor británico Ben Cross, conocido popularmente por su inolvidable interpretación del atleta olímpico Harold Abrahams en la película Carros de fuego (Chariots of fire,1981) falleció ayer martes en Viena, donde residía, a los 72 años tras una corta enfermedad, según informaron sus representantes.
Su hija Lauren escribió en su cuenta de la red social Facebook que su padre “llevaba un tiempo enfermo” pero que hubo un “rápido deterioro en la última semana”. Justamente Cross había terminado de rodar hacía diez días su papel de cardenal en la película de terror The Devil’s Light a las órdenes de Daniel Stamm, director de El último exorcismo.
Nacido el 16 de diciembre de 1947 en Londres en el seno de una familia católica, Cross quiso ser actor desde muy temprana edad desde que empezó a participar en varias obras del colegio. A los 12 años hizo de Jesús frente a sus compañeros de escuela y a los 15 abandonó su hogar y los libros con el fin de lograr su sueño. Trabajó en varios oficios, como carpintero, camarero o limpiador de ventanas antes de poder dedicarse profesionalmente a la interpretación. Fue aceptado en 1970 como estudiante en la Real Academia de Arte Dramático, alma máter de legendarios actores como Sir John Gielgud, Glenda Jackson o Sir Anthony Hopkins y después de graduarse, actuó en varias obras de teatro en el Duke’s Playhouse, donde se le vio en Macbeth, La importancia de llamarse Ernesto o La muerte de un vendedor, de Arthur Miller.
Tras años sobre las tablas, Cross quiso probar suerte en la industria cinematográfica y debutó en 1977 en un papel secundario en el filme sobre la Segunda Guerra Mundial Un puente lejano, dirigido por Richard Attenborough y con Sean Connery y Michael Caine liderando el reparto.
Ese mismo año pasó a formar parte de la Royal Shakespeare Company y poco después fue ampliamente reconocida su actuación en la piel de Billy Flynn, el abogado que representó a la asesina Roxie Hart, en la versión de Chicago de 1978.
Esta interpretación, según los expertos del mundo del cine, ayudó a que el debutante director Hugh Hudson le ofreciera el papel del corredor judío Harold Abrahams en el drama deportivo Carros de fuego, filme que ganó cuatro de los siete premios Oscar a los que aspiraba, entre ellos el de mejor película y banda sonora para la memorable partitura de Vangelis. Una de las escenas más recordadas de la película era aquella en la que corría en la playa junto a otros atletas al ritmo del precioso tema del compositor griego.
Su trabajo en este filme le abrió las puertas a otras producciones como la del villano príncipe Malagant en El Primer Caballero, protagonizada por Sean Connery, Richard Gere y Julia Olmond, o las mini-series de La ciudadela y Vampiros. Pese a que su nombre no se hizo un hueco entre las estrellas del cine, su rostro fue imprescindible en numerosos títulos, acumulando casi un centenar de producciones tanto en la grande como la pequeña pantalla y desarrolló además una faceta como escritor y músico.
Como protagonista se pudo lucir a las órdenes de Gracia Querejeta en El último viaje de Robert Rylands (1996), basada en la novela Todas las almas, de Javier Marías y nominada a la Concha de Oro en el festival de San Sebastián. La película estuvo envuelta en la polémica cuando Marías demandó al productor Elías Querejeta por incumplimiento de contrato en la adaptación cinematográfica por no respetar el espíritu de su texto. El proceso duró nueve años y al final el Tribunal Supremo rechazó el recurso de la productora de los Querejeta.










