Arte y Cultura

Ella… Esperanza

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Esperanza se llama la mujer de otoñal semblante; sobrevive con la venta de artículos de belleza en la calle, y para las apasionadas a escondidas, les tiene reservada lencería de primera, se dice, en un monólogo imperceptible. 

Camina, como aprendió en su adolescencia de aventura, con sensualidad, de envidia femenina y suspiro masculino en la calle, ahí es donde ofrece sus artículos; también en oficinas gubernamentales y en hogares de sus amigas, como lo es su amiga Clara.  

-Hasta eso, le va bien con las ganancias y siempre terminamos comprándote algo para nuestra belleza-, le dice, durante el encuentro en el jardín de San Antonio.

Clara, es una mujer que fracasó en su intento por ser religiosa, de la orden de las Carmelitas Descalzas; caminan. Ella, le platica, -oye, mi esposo, como que ya no se haya conmigo, lo abrazo en la noche y así quedo con ganas-. 

Esperanza, la observa, escrutadora, le responde:

-No te preocupes, ponte sensual, y verás que lo reconquistarás; traigo lencería color rojo o negro, esos les gustan a los hombres sueltos de pasión, y está barata, nada más, dame un adelanto, y resuelto tu problema marital-.

Llegan al jardín de los platitos, ahora que está libre de plagas humanas, de las mujeres alegres y los hombres solitarios, se sientan en una banquita. Esperanza, le sonríe y le responde:

-Bueno si, que… te lo apunto, y me vas pagando poco a poco. Este es el nuevo catálogo. Esta lencería apenas para ti; te la pones y vas a ver que tu esposo ya no te será infiel; está barato, y además con descuento por ser clienta asidua-. Al tiempo, le da una bolsa de plástico, en cuyo interior está la diminuta ropa despierta pasiones.


Caminan por la calle de Juárez, en Santiago de Querétaro; se despiden al llegar a las oficinas gubernamentales. Casi frente al templo de El Carmen; ella con un bolso grande, platica con el policía de la entrada y le dice:

-Hola, ¿cómo está?-

-Pues, yo trabajando. Con las ventas, pues ahí la llevamos. Sí se vende. Por cierto, mire, le regalo este perfume para su esposa, pero, ahora, si le cumple y más ¡eh!-

-Ah, gracias. Está bien, pásele pero con discreción para que los jefes no se den cuenta, ya ve que no dejan vender a nadie-

-Sí, gracias-

Enseguida su figura se desliza entre las oficinas. A Esperanza se le nota contenta, con las ventas en el inicio de la quincena. Los años le compensan los temores de su historias, más dolorosas, de los recuerdos más íntimos, aquellos que solo saben esos que invadieron su piel y la abandonaron de adolecente.

Esperanza había aprendido a vender su nombre… esperanza para aquellas mujeres desafortunadas en el amor y torturadas por los deseos insatisfechos, desilusionadas de onanismos nocturnos y una forma de convertirlas en afortunadas, aunque nada más se lo crean; es vendiendo esperanzas de transformase en bellas como las mejores féminas, con sensualidad, y como les gustan a los hombres, coquetas y atrevidas en la intimidad. 

Ella, Esperanza, aparentaba juventud, aunque su edad de misterio, y una ventaja para su forma de vivir, que era vendiendo sueños y esperanzas a las mujeres. Ella, se desliza por las calles, llama la atención; sus montañas en lo alto, las atisban los deseos masculinos, urbanos, que la persiguen hasta la lejanía. Ella, Esperanza, sólo queda como un recuerdo en la distancia.

Inalcanzable para las mujeres, quienes buscan la belleza perdida, aquella que convierte a los hombres en seductores, eso sí, lo pueden lograr al comprar las cremas anti arrugas, el maquillaje mágico que las hace ver siempre bellas, bellas no, hermosas después de usar la lencería, así se lo afirmó, al tiempo que camina sola. 

-Y me creen, pobrecitas, pero, nosotras vivimos de sueños-, dice resignada, en un monologo breve.

Continúa, caminando con esas caderas sinuosas como los caminos serranos queretanos, de desfiladeros en el semidesierto; con el riesgo de precipitarse entre ricas tierras.

Se detiene, en el jardín Zenea, reflexiona hasta que unos gritos la interrumpen de su recuerdo lejano. La secretaría, su amiga, va a su encuentro. 

-Que bueno que te encuentro. Fíjate que voy a ver a mi novio, y quiero, algo, sugestivo…y atraparlo. No con amor, pero si con una pasión contundente, maquillada y vestida con tus productos. Ya tendré no solo novio, sino amante, que es lo que me falta para ser menos infeliz.

Y con Esperanza… la mujer… Ellas, son bonitas…. con lencería todas son hermosas 

Alejo la Distancia